la vida boba

¿Cómo pensar una experiencia estética cuyo horizonte no quede reducido a la reproducción del mundo (de la publicidad y las marcas) ni su politización a marchitas dinámicas de adhesión o compromiso? ¿Cómo tejer una experiencia estética que permita gambetear la vida boba, el repliegue sobre la pequeña tribu, la gestión -siempre al borde el naufragio- de la vida individual? ¿Es posible que prácticas antes contenidas en el campo del arte sean reorientadas a contener la guerra de modos de vida que caracteriza nuestra existencia urbana contemporánea? ¿Con qué imágenes de politización puede uno toparse en ese territorio?

“La función central y constitutiva de las prácticas artísticas no consiste tanto en contar historias como en crear dispositivos en los que la historia pueda hacerse”, formulaba el esquizoanalítico Félix Guattari en un texto olvidado. Sospechamos cierto valor de la experiencia estético-artística como soporte y motor de estos dispositivos por los que transcurre la historia, dispositivos productores de mundos, de sentido, de subjetividad (de la fábrica de presente a la producción de posibles). La experiencia estética aparece así como un espacio de exploración de las potencias y límites de la vida en común en un momento determinado. Porque ésta puede volverse –e incluso debería, en condiciones en las que la aceleración y mediatización de la existencia tiende a bloquear y automatizar los afectos, el deseo y la facultad de expresión– una apuesta a la reactivación de la sensibilidad, al encuentro con la corporeidad del mundo y a la capacidad de apertura a lo indeterminado como condición de constitución de lo público.

Y este hacerse de la historia no es un nunca un devenir individual y determinado. Gran parte de la potencia de estas dinámicas estéticas, intuimos, reside en el desplazamiento de la figura del autor (soberano del texto y del presente que fabrica) y en la gestación de prácticas de producción híbridas, ambiguas, anónimas (escribir para poder ser anónimo: lo otro exacto del mundo de las luminarias artísticas, televisivas, académicas, tenaces gestores de su propia y, en general, escasa luz). Dinámicas colectivas no reducibles a un yo y una conciencia personal. Dinámicas colaborativas que desdibujan los lugares en juego y los límites de la obra (en las que ya no es evidente la existencia de un público o un auditorio, como un afuera de lo producido o provocado), evidenciando la cooperación como fundamento de un presente en el que los medios de producción pasan por nuestras manos y nuestros cerebros. Dinámicas posautónomas que se desarrollan sin basar su legitimidad en marcos de autoridad indiscutidos que las organice y las valore, cuando buena parte de las categorías que permitían mesurar el valor de una obra y se revelan anacrónicas e inútiles.

Fuente http://www.revistacrisis.com.ar/Estetica-y-politica-en-tiempos-de.html?var_mode=calcul

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