Gabriela Mistral

Algunas de sus increíbles prosas poéticas, del libro Desolación

VI.- LAS ÁNFORAS

     Ya hallaste por el río la greda roja y la greda negra; ya amasas las ánforas, con los ojos ardientes.

     Alfarero, haz la de todos los hombres, que cada uno la precisa semejante al propio corazón.

     Haz el ánfora del campesino, fuerte el asa, esponjado el contorno como la mejilla del hijo. No turbará cual la gracia, más será el Ánfora de la Salud.

     Haz el ánfora del sensual; hazla ardiente como la carne que ama; pero para purificar su instinto, dale labio espiritual, leve labio.

     Haz el ánfora del triste; hazla sencilla como una lágrima, sin un pliegue, sin una franja coloreada, porque el dueño no le mirará la hermosura. Y amásala con el lodo de las hojas secas, para que halle al beber el olor de los otoños, que es el perfume mismo de su corazón.

     Haz el ánfora de los miserables, tosca, cual un puño, desgarrada de dar, y sangrienta, como la granada. Será el Ánfora de la Protesta.

     Y haz el ánfora de Leopardi, el ánfora de los torturados que ningún amor supo colmar. Hazles el vaso en que miren su propio corazón, para que se odien más. No echarán en ella ni el vino ni el agua, que será el Ánfora de la Desolación. Y su seno vaciado inquietará más que si estuviera colmado de sangre, al que lo mire.

VII.- VASOS

     -Todos somos vasos -me dijo el alfarero, y como yo sonriera, añadió: -Tú eres un vaso vaciado. Te volcó un grande amor y ya no te vuelves a colmar más. No eres humilde, y rehúsas bajar como otros vasos a las cisternas, a llenarte de agua impura. Tampoco te abres para alimentarte de las pequeñas ternuras, como algunas de mis ánforas que reciben las lentas gotas que les vierte la noche y viven de esa breve frescura. Y no estás roja, sino blanca de sed, porque el sumo ardor tiene esa tremenda blancura.

VIII.- LA LIMITACIÓN

     Los vasos sufren de ser vasos -agregó-. Sufren de contener en toda su vida nada más que cien lágrimas y apenas un suspiro o un sollozo intenso. En las manos del Destino tiemblan, y no creen que vacilan así porque son vasos. El amor los tajea de ardor, y no ven que son hermanos de mis gredas abiertas. Cuando miran al mar, que es ánfora inmensa, los vasos padecen, humillados. Odian su pequeña pared, su pequeño pie de copas, que apenas se levanta del polvo para recibir un poco la luz del día.

     Cuando los hombres se abrazan en la hora del amor, no ven que son tan exiguos como un tallo de hierba y que se ciñen con un solo brazo extendido: ¡lo mismo que un ánfora!

     Miden desde su quietud meditativa el contorno de todas las cosas y su brevedad no la conocen, de verse engrandecidos en su sombra.

     Del dedo de Dios que los contorneó, aún conservan un vago perfume derramado en sus paredes, y suelen preguntar en qué jardín de aromas fueron amasados. Y el aliento de Dios, que caía sobre ellos mientras iba labrándolos, les dejó para mayor tortura esta vaga remembranza de una insigne suavidad y dulzura.

IX.- LA SED

     -Todos los vasos tienen sed -siguió diciéndome el alfarero-; «esos» como los míos, de arcilla perecedera. Así los hicieron, abiertos, para que pudieran recibir el rocío del cielo, y también ¡ay!, para que huyera presto su néctar.

     Y cuando están colmados tampoco son dichosos, porque todos odian el líquido que hay en su seno. El vaso de falerno aborrece su áspero olor de lagares; el óleo perfumado odia su grávida espesura y envidia la levedad del vaso de agua clara.

     Y los vasos con sangre viven desesperados del grumo tenaz que se cuaja en sus paredes y que no pueden ir a lavar en los arroyos, y son los más angustiados.

     Para pintar el ansia de los hombres haz de ellos solamente el rostro con los labios entreabiertos de sed, o haz sencillamente un vaso, que también es una boca con sed.

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