La conjura

-¿Dónde están los niños? -preguntó Boris Isáievich mientras atravesaba la sala con su paso rápido y ligero, alegrándose profundamente por el desorden reinante.

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-La conjura de la amistad -lee él en los labios de ella.
-Nuestro santo y seña -le responde él de la misma manera. Haz algo que lo consolide.

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-Mamá, no quiero que se vaya -dice él después de la cena.
-No se irá. Papá los llevará al teatro. Ya nos hemos puesto de acuerdo con sus padres.

¡Cómo! ¿Todavía? La nieve se agita a la luz de los faroles, el caballo tiembla ligeramente de cuando en cuando bajo la red azul, la manta de viaje ya está extendida. Boris Isáievich entra primero, perfumado y engalanado, y luego hace subir al trineo a Vera y a Sam. Arreglan rápidamente la manta, se eleva una nube de vapor, el reloj que el cochero lleva en la cintura se empaña. Vera pone sus pies (pensando que se trata de un banco) sobre la pierna inmóvil de Boris Isáievich. Está sentada en medio, con las manos ocultas. Sam le cae encima cada vez que hay una curva en el camino y siente su peso macizo; él le echa el cálido aliento y Vera entorna los ojos. El caballo hace saltar la nieve con sus pezuñas; la mano grande enfundada en piel de Boris Isáievich los sostiene desde atrás. ¿Quién está cautivo de quién, Sam de ella o ella de Sam? No se sabe. Pero ojalá que ese cautiverio dure, porque esto es la felicidad.

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Nina Berberova,  El libro de la felicidad, novela, traducción de Selma Ancira

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